Un periodista llamado Hermes Augusto

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Un periodista llamado Hermes Augusto

Hermes Augusto estaba confundido y el guayabo no le ayudaba.

La noche anterior se había graduado de una universidad pública como Comunicador Social y ya sentía que estaba defraudando a su padre, a quien sólo le había alcanzado para el bachillerato.

Una moto fue su regalo; para que llegara lejos en la vida.

Lo habían bautizado así porque la vida le había enseñado a su frustrado padre que había que dispararle a todo para poder pegarle a algo.

Lo puso Hermes porque era el dios mensajero, de las fronteras y los viajeros que las cruzan, de los pastores, de los oradores, del ingenio y del comercio en general; de la astucia de los ladrones y los mentirosos.

A algo de todo eso le tenía que pegar, sobre todo en esta ciudad latinoamericana donde habitaban.

Y Augusto porque aspiraba a que su hijo mereciera respeto y veneración por su excelencia. Esto sí que era un tiro al aire. Augusto también se les llamaba a los payasos de circo.

Creyéndose la mentira de que todos los padres quieren lo mejor para sus hijos cuando para la mayoría no son otra cosa que una inversión agiotista, el papá de Hermes entendió muy temprano que, con el poder de los medios para desorientar y enmierdar, lo mejor era que su hijo fuera parte de ellos, parte del problema, y no perder el tiempo pretendiendo ser solución.

Por eso lo metió a estudiar periodismo. Además como latinoamericano sabía que todos no somos iguales ni tenemos los mismos derechos, y que la información disponible siempre es sesgada. Creer en lo que decían los medios de comunicación era condenarse.

Al recién graduado la pensadera no le ayudaba con el guayabo.

Hermes Augusto sabía que el ‘poder de los medios’ no es un ogro de cien cabezas sino que está sustentado en cientos de carga ladrillos como él, idiotas útiles que el sistema se asegura de hacer vulnerables para obligarlos a tener precio; unos más caros que otros pero igual todos con precio. Y sabía que los elementos fundamentales de esa vulnerabilidad se los habían enseñado en la universidad pública, donde se aseguraron de formarlo mediocre y conformista, o resentido, pero igual mediocre.

La cerveza fría y el baño ayudaron un poco.

Había llegado el momento de empezar a tomar algunas decisiones y asumir sus consecuencias, lo cual en la universidad no le había ni mencionado. Menos con los profesores que padeció.

Su Padre seguía dándole vueltas en la cabeza.

Hermes Augusto. Qué hacer con un nombre como el de Hermes Augusto, mensajero de los dioses, de los ladrones y los mentirosos, y encima de eso que mereciera respeto y veneración.

En lo que consideró uno de sus grandes momentos de lucidez, Hermes Augusto decidió hacerse domiciliario: ser mensajero de los ricos, que son los verdaderos dioses, mientras hacía el bien al detal.

Prefirió eso a ejercer su profesión de periodista que indefectiblemente implicaba convertirse en lacayo y mentiroso, mientras embrutecía al por mayor.

Lo del respeto y la veneración, lo de ‘Augusto’, lo aplazó para la siguiente borrachera.