Salario amarrado

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Salario amarrado

La del salario mínimo ha sido desde siempre una pelea de tigre con burro amarrado, donde los tigres son cada vez más tigres, y los burros cada vez más burros.

Eso es particularmente cierto en Latinoamérica, el continente del mundo con la mayor concentración de riqueza, es decir donde los ricos cada vez son más ricos y los pobres cada vez más pobres.

El 10% más rico de América Latina y el Caribe posee el 71% de la riqueza y tributa solo el 5,4% de su renta.

Esta aberrante realidad de tigres y burros amarrados ha parido una desigualdad resignada, resentida o violenta donde la mayoría no tiene absolutamente nada que perder en la vida; como si fueran vidas que no merecieran ser vividas.

El salario mínimo no es más que otro síntoma de esta monstruosa enfermedad de concentración y desigualdad, como lo son la corrupción, el desprecio por la vida de los pobres, la pésima educación pública y los insalubres sistemas de salud tercermundistas.

Este primero de mayo otra vez todos los partícipes de este farsa saldrán a callar o a gritar: empresarios, sindicatos, políticos… la Iglesia, todos igual de culpables y de inocentes.

Durante el Apartheid sudafricano alguien propuso que las niñeras y muchachas del servicio de los blancos, todas negras, se pusieran de acuerdo y secuestraran “amigablemente” a los niños blancos y los llevaran a sus casas a conocer la realidad en que ellos desvivían.

Afortunadamente llegó Mandela y esta y otras muchas equivocaciones no fueron necesarias.

¿Qué pasaría si los ricos latinoamericanos acordaran vivir por un mes con un salario mínimo?

Tal vez sea más fácil que todos sus empleados se decidan a ir a la huelga hasta acordar salarios dignos, no de políticos y dueños, pero dignos.

Jamás ocurrirá porque para eso los tigres se inventaron los sindicatos: para amansar a los asalariados; y a los pobres la necesidad los hace vivir en una realidad de sálvese quien pueda.

Por si las moscas, le recuerdo el significado de la palabra.

Dignidad:

Cualidad del que se hace valer como persona, se comporta con responsabilidad, seriedad y con respeto hacia sí mismo y hacia los demás y no deja que lo humillen ni degraden.

Cualidad de la cosa que merece respeto.

Y la solución no está en manos de los tigres, que en Latinoamérica se hubieran comido a Mandela.

El Editor